domingo, 26 de diciembre de 2010

Prácticamente perfecta.

Cada cierto tiempo mi cerebro tiene la necesidad de hablar de uno de los pilares básicos de mi vida: Mary Poppins.


Ella es, con diferencia, el mejor personaje de ficción, la mejor mujer, y la más perfecta persona que ha existido jamás. Si yo pudiera ser como alguien, sería como ella: disciplinada, inteligente, elegante (al mismo tiempo que seductora), cae bien, canta bien y es capaz de hacer muchos trucos. Pero lo que me inquieta de ella es su verdadera naturaleza, sus intenciones claramente ocultas, sus motivaciones en la vida...

Este momento me produce una erección.


El otro día, intercambiando opiniones con una amiga, me di cuenta de que quizá la imagen que tengo de ella no sea la más apropiada... o sí. Me explico: Mary llegó sin que nadie se lo pidiera (al menos de manera directa), hizo que todos se quedaran enganchados a ella y, cuando ya los tenía enamorados hasta las trancas, los abandonó sin despedirse. Eso es lo que yo llamo "ser una auténtica hija de puta" (en el buen sentido, que conste). Lo mejor de todo es que, cuando se va (el mayor gesto de crueldad que pudo tener) todos la siguen amando. Inexplicable. Perfecta.
Esto que digo me parece aún más evidente cuando pienso en el pobre de Bert: es bastante obvio él que siente algo especial por Mary y sin embargo, cuando ella se va, no se le rompe el corazón sino que sonríe al mismo tiempo que se despide con cortesía. El sueño de mi vida.


Mi amiga me dio otra visión totalmente diferente: ella es la trabajadora social perfecta. Va a donde las familias tienen problemas, les ayuda a resolverlos y, cuando ya ha hecho todo su trabajo, se va. No es una Mary cruel, sino todo lo contrario: su misión en la vida es guiar a la gente hacia la felicidad.
Se marcha cuando su trabajo está realizado y no puede atarse a nadie porque la libertad es parte de su naturaleza (recordemos que Mary llega y se va con el viento del este). Ella es el viento que renueva el aire de las familias intoxicadas, lo que hace que nadie pueda odiarla al final. Todos entienden, especialmente Bert, que ella no puede quedarse más (lo cual la convierte en la peor persona con la que podrías casarte, por cierto).


Cerca del final de la película, cuando Mary mantiene su último diálogo, hay una frase que apoyaría la primera visión: "Practically perfect people never permit sentiment to muddle their thinking" ("Las personas prácticamente perfectas nunca permiten que los sentimientos confundan a su razón"). Curiosamente, en la versión doblada al castellano, esa frase es sustituida por otra más adecuada a la segunda teoría: "Aunque me importara, otros niños también me estarán esperando en sus casas". Esto me hace pensar que en realidad, aunque muchos la veamos como un recuerdo común de la infancia, es inevitable que cada uno conozca a una Mary Poppins diferente.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Mascando fósforos para arder de amor (lujuria).

Lo reconozco: no soy una de esas personas que suelen leer. Mi media debe andar entre los tres o cuatro libros al año. Libros de dudosa calidad, por cierto. Más allá de la ciencia ficción, la fantasía, la novela negra, el ensayo científico (sobre neurociencia exclusivamente, que tampoco me voy a tirar de la moto) o el género zombi, sólo uso los libros para que las mesas dejen de cojear. Vamos, que soy la carnaza perfecta para los best-sellers.

Aunque recuerdo que años atrás, cuando estaba en secundaria (Oh my Gosh!, prefiero no echar cuentas), las lecturas obligatorias me dieron la oportunidad de descubrir otras formas de literatura que me acabaron encantando. Para mí, la narrativa sudamericana fue un gran descubrimiento.

Lo que más me gustaba era lo que los expertos (no seré yo) llaman el realismo mágico: historias en las que fantasía y realidad se mezclaban de una forma empalagosa pero encantadora. Igual que hay personas a las que les gustaría que en la vida hubiese una banda sonora, mi sueño siempre fue que vivir escenas propias de novela latinoamericana.

"León hambriento atacando a un antílope" (Henri Rousseau)

Recientemente he recordado (en mi adolescencia fui un iluminado, luego lo olvidé todo) que en realidad no es tan complicado conseguir que tu vida tenga un poco de ese realismo mágico. Todo depende del matiz con el que mires las cosas, como siempre.

Que tus amigos y tú estéis pasando exactamente por los mismos trámites sentimentales puede ser casualidad, o puede ser que la Diosa Fortuna (esa que sustituye al calvo en el anuncio de la Lotería de Navidad) haya decidido mostrarte un camino paralelo que nunca recorrerás...
Que un chico reaparezca durante un día de tu vida para luego no volver a llamarte jamás puede ser un acto de ruptura, o un extraño fenómeno de amnesia amorosa selectiva fruto de una mala digestión...
Que estés cenando con tres desconocidos que hablan lengua de signos en un bar llenos de osos mientras no deja de sonar música techno a todo volumen puede ser normal en una fiesta gay, o puede ser que Rousseau haya vuelto de entre los muertos para incluirnos en una nueva escena en la que finalmente nos explicará (atención: juego de agudeza visual) quién es el monstruo que se esconde tras las plantas...

Y si aún así no te convence, echa mano de los alucinógenos.

sábado, 30 de octubre de 2010

(E)videntemente.

Si me preguntas cómo será mi vida dentro de cinco años, te diré que no tengo ni puta idea (aunque se me ocurren unas cuantas sugerencias, que no preferencias). Ahora, que si me preguntas cómo será en cincuenta años, te lo puedo explicar con pelos y señales. Quizás asumir que llegue a cumplir los setenta y seis (si me lo permiten el tabaco, el alcohol y mi soberana estupidez) es mucho asumir. Pero como la medicina del siglo XXI anda muy avanzada, no pierdo la esperanza. El caso es que ya sé dónde viviré, de qué manera y, lo más importante, con quién.

Cosas que me llegan a la patata (parte 1): ancianos enamorados.
Tras haber trabajado exitosamente y haberme convertido en un claro referente de la historia de la psicoterapia para sordos, me jubilaré y me retiraré a vivir con mi novio (porque tras años de arduas discusiones, llegaríamos a la conclusión de que no merece la pena estar casados). Viviremos en una casa (nuestra propia, no alquilada) en un pueblo de Galicia, cerca del mar, con dos o tres dormitorios, un par de baños, cocina y salón con chimenea. Y una huertita en la que plantaré tomates, fresas, orégano y tomillo limonero. Conmigo habrá tres gatos (un macho y dos hembras) y mis dos hijos y mis cuatro nietos vendrán a visitarnos un fin de semana al mes.

Sobre esa persona, mi novio de la tercera edad, poco tengo que decir. En realidad tengo la corazonada de que si hablo mucho de él, romperé el hechizo y nada se cumplirá. Basta decir que ya sé quién es, con nombre y apellidos, y de qué manera nos reencontraremos tras una trágica ruptura y décadas de silencio y abandono mutuo.

Llámame fantasioso si quieres, pero sé de buena tinta que no soy el único que alguna vez ha pensado en su novio de la tercera edad. Al fin y al cabo, lo bueno de los ex (ojo, que me estoy tirando de la moto) es que siempre puedes fantasear con ellos.

martes, 12 de octubre de 2010

Nosce te ipsum.

Ayer me dijeron algo que nunca había escuchado: me explico demasiado.


Por lo visto, cuando quiero decir o hacer algo, me alargo con explicaciones ordenadas, justificadas y detalladas, como si intentase que la persona que me oye capte perfectamente el significado de lo que estoy diciendo y evitando cualquier posibilidad de ser malinterpretado.

Quien que me lo dijo añadió que, en principio, no es algo malo. Para él es positivo que yo sea tan meticuloso por dos motivos: primero, para que no haya equívocos; segundo, para poder tener argumentos que rebatirme. También dijo que, como todas las cosas, explicar en exceso (recuerdo que he usado la palabra demasiado en la primera línea) puede ser malo.

Su teoría es que dando tantas explicaciones intento dar la imagen de tener la razón. Sería algo así como una forma de convencer a la gente de que mis argumentos son los válidos y que las cosas han de hacerse o pensarse a mi modo (algo que también me ha dicho alguien recientemente, y que es cierto).

Todo esto le daría sentido a un par de asuntos: por un lado, cada vez más me da la impresión de que la gente habla "saltándose cosas". Quizá sólo sea impresión mía, que me haya obsesionado con hablar de forma clara y vea fallos donde no los hay. Por otro lado, tal vez sea por eso por lo que siempre estoy buscando la explicación de todo lo que me ocurre. Aunque últimamente empiezo a convencerme de que lo que intento explicar simplemente no tienen explicación.

lunes, 11 de octubre de 2010

Obvia metáfora.

Yo soy el capitán de mi barco. Y mi barco hace aguas.

Hace semanas que hice chocar el casco contra unas rocas y desde entonces hay un agujero por el que se está colando el agua. He dado a mis hombres la orden de achicarla. Mientras mantengan el ritmo, todos seguiremos a flote. Si hubiese prestado atención a las instrucciones que me daban desde tierra, no habría provocado este accidente. Pero yo soy el capitán de mi barco.

La tripulación se ha amotinado y ha dejado de sacar el agua. Dicen que están cansados, que esta no es forma de sobrevivir. Quizá debería haber escuchado la opinión de mis hombres para buscar una solución alternativa. Pero yo soy el capitán de mi barco.
Ahora me pregunto si mis hombres fueron débiles o si yo fui un mal capitán.


Pero tengo suerte: en el peor de los casos, cuando me haya hundido nadie se acordará de mí; en el mejor de ellos, me recordarán como el peor capitán.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Pequeña Miss Sunshine

Esta es la típica historia que me enternece el corazón (por algún lado tenía que notarse mi ramalazo marica, qué le voy a hacer...). Una historia que bien podría ser la trama de la nueva candidata a batir marcas en Cannes, San Sebastián o Hollywood. La historia de Carole Hersee.

La ternura del tecnicolor.
Érase una vez un hombre llamado George Hersee, padre de dos hijas (Carole y Gillian) y encargado de diseñar la carta de ajuste para la BBC. George, quien amaba a sus criaturas más que a nada en el mundo (esto me lo acabo de inventar, más que nada por ir creando ambiente), decidió que la mejor forma de demostrar su cariño sería inmortalizarlas en todos los televisores británicos a altas horas de la madrugada.

Pero el destino quiso que la pequeña Gillian se mantuviese al margen de la fama: con dos dientes menos, su sonrisa no era lo suficientemente agradable para la audiencia. Finalmente, su hermana mayor Carole fue la única protagonista de la carta de ajuste y por ello cobró cien jugosas libras. Junto a ella, una pizarra con la que fingía jugar al tres en raya (¡y con qué naturalidad, caray!) con su muñeco payaso Bubbles.

Carole enseguida se hizo popular: cada día recibía chococientas mil cartas de fans o era entrevistada en cualquier medio. El giro dramático de esta historia viene cuando Carole, abrumada por la fama, decidió desaparecer y crear una nueva vida de progreso y autorrealización. Su imagen pronto fue sustituida por la de una señorita más apropiada para los tiempos que corren (una guarrilla).

La Sra. Hersee figura en el libro Guinness de los Records como la persona que más tiempo ha aparecido en la televisión (un total de setenta mil horas, desde 1967 hasta 1998). Trabaja como diseñadora de ropa y aún conserva a su amigo Bubbles.

Chim-pum!

domingo, 12 de septiembre de 2010

Trapecistas

El público aplaude.


Los dos suben, cada uno por su escalera, separados, conscientes de que allí arriba se van a reencontrar. Entre ellos hay un gran vacío. Al llegar a la plataforma, él se cubre las manos con talco y sujeta el trapecio. Echa un último vistazo antes de saltar: ella está enfrente, a unos diez metros, preparándose, recolocándose el vestido azul.

Él se balancea, adelante y atrás, cogiendo impulso. Pronto ella empieza a hacer lo mismo. Él se cuelga boca abajo, sujetándose a la barra con las rodillas dobladas; ella lo hace totalmente descolada, agarrando el trapecio con las manos. Se mueven a ritmos diferentes, pero en tres balanceos se acompasan. Aún están lejos, pero cuando se junten ella se soltará, dará una voltereta y se agarrará a él.

Y lo hace, muy rápidamente, con suavidad pero a la vez con firmeza. Aprietan bien las manos para no separarse.

Se están mirando a los ojos, sonriendo, disfrutando del tacto del otro. Pero debe ser breve antes de que el otro trapecio, ahora libre, pierda fuerza y rompa el ritmo. Dos balanceos más y él la soltará. Pero él tiene dudas, tiene miedo de hacerlo mal. No quiere separarse de ella, teme soltarla y perderla en la red. Sólo falta un balanceo para el salto. Pero él piensa que están más seguros si permanecen juntos.

Como una idea fugaz, se da cuenta de que si no lo hace el espectáculo se echará a perder. Se arma de valor y, en el último instante, abre las manos y cierra los ojos. No quiere ver, no quiere saber si ella ha conseguido aferrarse a la otra barra o si ha caído.

Permanece colgado del revés, sin hacer nada, esperando a que el trapecio se frene. Por fin abre los ojos y decide volver a su plataforma. Al apoyar los pies recupera la estabilidad, se da la vuelta y la ve. Ella está en la otra plataforma, sonriente, mirándolo con orgullo, o tal vez con agradecimiento.

Y el público aplaude.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Y los Reyes Magos.

Se dice que entre los tres y los cuatro años de edad tiene lugar la primera gran decepción de la vida. Es ese momento en el que pasamos de ser bultos babosos a personitas preguntonas y nuestros padres y madres son nuestra principal fuente de información. El fallo ocurre la primera vez que nos responden con un "no sé" y nos hacemos conscientes de que ellos, lejos de ser perfectos, son tan limitados como nosotros.

No es la única decepción de la infancia. De hecho, no entiendo cómo la mayoría de la gente recuerda esos años como felices teniendo en cuenta la cantidad de palos que nos llevamos: descubrir que Papá Noel o el ratoncito Pérez no existen, ver los cadáveres de todos tus peces y tortugas viajando por el water hacia sabe Dios dónde, descubrir que a tus primos les han regalado ese juguete que tanto deseabas y a ti no, ver a David el gnomo convirtiéndose en árbol...

Luego, la pubertad no está tan mal. Aunque es el momento perfecto para darte cuenta de lo que odias a tu familia o de lo corrupto que está el Sistema (yo también estuve en contra del Sistema, aunque a día de hoy aún no sé lo que es), creo que todo lo malo que ocurre sólo ocurre en tu cabeza. Vamos, que no creo que sea una época decepcionante, simplemente nos volvemos gilipollas durante unos años.

Entre el final de la adolescencia y el principio de la (sub)adultez hay una nueva explosión de decepciones. En mi caso destacaría tres: cuando perdí la virginidad (sí, el sexo está bien, pero la primera vez es lo más torpe, aburrido e insatisfactorio que te puedas echar a la cara), cuando me licencié (cinco años después te das cuenta de que no has aprendido nada y te arrepientes de no haber hecho un FP), y cuando descubrí que los amigos, esos por los que años antes habrías matado, no son para siempre (y en ese momento entiendes por qué tus padres y el resto de los adultos tienen tan pocos).

Decepcionante es pensar que en algún momento de tu vida tuviste exactamente este aspecto.


Luego aún vienen muchas otras: la gran mentira del INEM, los amigos que se emparejan y desaparecen del mapa, o confiar en que eres una buena persona y descubrir que te has convertido en un hijo de puta.

lunes, 23 de agosto de 2010

Mamá, quiero ser lisiado.

Hace unos años, un hombre llamado David Openshaw consiguió convencer a un grupo de cirujanos para que le amputaran las dos piernas, alegando que deseaba prescindir de ellas al ser una parte de su cuerpo que había odiado desde pequeño. El señor Openshaw, por cierto, es padre de dos hijos (lo digo porque en todas las fuentes lo mencionan como un dato relevante).

De entre todos los de su naturaleza, éste probablemente sea el caso mediático más sonado, pero no el único: en el mundo existen miles de personas que, al igual que David, quieren amputarse alguna de sus extremidades al percibirlas como "sobrantes". Es lo que muchos psiquiatras llaman desorden de identidad de la integridad corporal. El nombre fue acuñado por un tal Dr. First (lo juro), el cual también llegó a comparar la viabilidad de la amputación voluntaria con la de las operaciones de cambio de sexo.

A ella nadie se lo echó en cara.


Así de primeras diría que nadie en su sano juicio haría algo así, pero después de pensarlo un rato tampoco me parece tan terrible: la realidad es que para ellos tener piernas o brazos implica un gran sufrimiento. No estamos hablando de un capricho por que sí, sino de una alteración neurológica (aquí lo de aceptarse a uno mismo no tiene cabida). Estas personas viven arrastrando un trozo de carne que les produce malestar y sólo se sienten tranquilos cuando logran amputarse la extremidad en cuestión (lo que le pasa a muchos transexuales, por cierto).


¿Y qué pasa si lo hacen? ¿Le hacen daño a alguien? ¿Por qué imponerles un pensamiento que no es suyo ni lo será jamás? De hecho, los que han llegado a operarse no sólo han superado los objetivos de la rehabilitación física, sino que también han dicho sentirse encantados con su nuevo cuerpo y sus prótesis. La verdad, lo que haga el señor Openshaw (o quien sea) con su body me parece fetén. Mientras lo pague con sus dineros y luego no venga llorando o reclamando indemnizaciones...

miércoles, 4 de agosto de 2010

La experiencia de la semana.

Hoy me he estrenado en esto del nudismo, por lo menos como adulto (que cuando somos niños a todos nos toca caminar por el mundo en bolas). El lugar en cuestión fue la playa de Bascuas (Sanxenxo), y el motivo fue una mezcla entre aburrimiento por estar en casa y curiosidad por conocer algo nuevo.

"Adán y Eva" - Alberto Durero


Salí de casa, cogí el coche y puse la radio a todo trapo hasta que me planté allí. Una vez tumbado miré a mi alrededor y me di cuenta de una cosa bastante notable a la vista: la playa estaba llena de familias felices, de esas que luego van al Burger King, y (muchos) chicos gays, la mayoría en parejas. Me sorprendió ver a tantos como en cualquier local de ambiente (de los de éxito, no de esos otros antros en los que entras y sólo hay subpersonas), como si existiera algún cartel invisible que la anunciara como una playa de ambiente. También puede ser que sí existiera tal cartel y yo no lo hubiera visto.

Ahora tengo la corazonada de que no es algo exclusivo de aquí, sino que ocurre en casi todas las playas nudistas. Y me pregunto por qué existe una asociación tan obvia (casi tópica) entre el nudismo y la homosexualidad. Por lo pronto sólo se me ocurren dos hipótesis: o bien es por la necesidad de demostrar que la mente gay es tan abierta que está por encima de todas las convenciones sociales (y qué mejor forma de demostrarlo que desnudándose en público), o bien es porque tenemos tantas ganas de ver penes que vamos a donde más facilmente se pueden encontrar (sí, esto roza el cochinismo voyeur).

Por mi parte aún no tengo muy claro qué se me hizo más raro: estar desnudo rodeado de gente, o ver a tanta gente desnuda a mi alrededor. Lo que sí tengo bastante claro es que la experiencia más enriquecedora del día ha sido el humillante paseo del agua fría a la toalla, a la vista de todos, con mi-otro-yo más encogido de lo que recuerdo jamás. Supongo que es el inconveniente del nudismo.